Orar a la luz de Francisco de Asís

por | Oct 3, 2020 | Oración, San Francisco

ORAR A LA LUZ DE FRANCISCO DE ASÍS

Sencillo material para un tiempo de oración personal o en grupo.

 

Himno

Un viento de paz;

un vendaval de esperanza

tirando de nosotros hacia el bien

como tarea posible.

Testimonio de coherencia

en cada gesto de minoridad

y solidaridad fraterna.

La hermana brisa

susurra tu vida entregada

a la Buena Noticia

y su utopía acertada.

(Antonio Martínez – A Francisco de Asís)

Salmo 121: El Señor cuida de ti y de tus pasos

Vives muchas veces con preocupaciones, temores, sentimientos de inseguridad… La fe te permite afrontar todo tu hacer y tu caminar, “tus entradas y salidas”, confiado en Dios, “tu guardián”. A tu vez, procura ser “guardián” de los hermanos que Dios te ha confiado: permanece atento y cercano para hacer más seguro el caminar de los otros.

Levanto mis ojos a los montes:

¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

 

No permitirá que tropiece tu pie,

tu guardián no duerme,

no duerme ni reposa el guardián de Israel.

 

El Señor te guarda a su sombra,

está a tu derecha.

De día el sol no te hará daño,

ni la luna de noche.

 

El Señor te guarda de todo mal,

él guarda tu vida;

el Señor guarda tus entradas y salidas

ahora y por siempre.

 

Escuchando la Palabra (Jn 13, 34-35)

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.

 

Escuchando a Francisco (ParPN 5)

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti, con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo al servicio de tu amor y no a otra cosa; y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos, según nuestras fuerzas, a tu amor, alegrándonos de los bienes de los demás como de los nuestros y compadeciéndolos en los males, y no siendo causa de tropiezo para nadie.

 

Reflexión

Por su cualidad de atención, por el empeño que despliega y manifiesta en torno a él, Francisco se hace solidario de todos los hombres, sin por ello buscar parecerse a ellos en todo. Él es Francisco, y no teme las diferencias y no se mide con nadie. Pone con frecuencia el acento sobre el no dominio recíproco, sobre la atención a la vida y al alma de los hermanos. No manipula a los demás, está al servicio de todos. El deseo de Dios y el amor para con todos los hermanos de la humanidad constituyen su centro. Para Francisco, la lucha interior va a la par con la vigilancia amable del otro y de todo proyecto, para que llegue a ser, concretamente, testimonio de vida en Cristo.

El mundo está a la espera de un esfuerzo de regeneración en que cada uno de nosotros debe reconocerse como hermano de los otros. Busquemos de qué manera podemos hacer el bien allí donde el mal está presente. El problema es que no llegamos a mirar más allá de nuestro campo de visión, y nos falta apertura en relación al otro. La mirada turbia del ojo y del corazón nos impide ver a Dios y escuchar su llamada. Por eso, no tenemos el deseo de que el otro sea.

A través de su propio combate, sus respuestas, sus elecciones, por sus fuerzas y debilidades, por las relaciones que establece con el mundo y con todo lo que le rodea, Francisco da testimonio de que nuestro lugar de vida puede convertirse en ocasión de descentramiento del yo y de que en toda actividad podemos realizar un acto en Cristo.

En vez de gemir y entrar en la desesperanza, nos anima a tomar el mundo en nuestros brazos. El mundo en el que vivió él no era más bello que el nuestro. No se deja acobardar por las fuerzas adversos o por los obstáculos, y la desesperanza no tiene lugar en su corazón, incluso si sufre, o si la duda le asalta. Sabe que Cristo es vencedor de la muerte y que aquel que espera, ya ha vencido.

Por eso nos exhorta, en este mundo, a poner en práctica la ascesis del amor fraterno y a sumergirnos en la paz. Quiere entrenar nuestra alma en un deseo: reencontrar los orígenes, dejar brillar la imagen de Dios y dar así a todos los que nos rodean las ganas de acercarse a nosotros y de preguntarnos.

En nosotros está el elegir la única fuerza digna de ser utilizada: el amor. Si nosotros dejamos las armas humanas, si nos entregamos a nuestro Dios, Él nos hará rebosar de su amor y nos permitirá progresar en este camino. El apóstol Pablo canta el Himno del Amor (1Cor 13), Francisco canta el himno a la fraternidad entre los hombres. Cantemos con ellos. (Suzanne Giuseppi Testut, El combate espiritual. A la luz de san Francisco de Asís y sus hermanos, Ediciones Franciscanas Arantzazu, 2020)

 

“Que nadie se retire de vuestro lado sin haber obtenido una mirada misericordiosa.” (Francisco de Asís)

El cuidado comienza con la mirada

atenta, cariñosa, vacía de juicio,

sin vanagloria ni reproches, acompañante de silencios,

prendada de esos ojos concretos sedientos de paz.

 

Mirar sin exigir nada,

prestarnos como lazarillos

para proteger en los caminos

sin dirigir la marcha.

 

Maravillarnos con otros/as

de tanto bien recibido

al contemplar en comunidad tanto regalo escondido

mirando de frente sin trampa ni cartón.

 

Contemplativos observadores de realidad por recrear,

trabajadores de iris abiertos, emocionados con otros/as,

compañeros/as itinerantes de ojos y corazón que se dan cuenta

de observar a toda criatura con traviesa bondad.

(Antonio Martínez)

  

Oración final

Aquí estoy, Padre, con mi mirada, mi corazón y toda mi existencia vuelta hacia ti.

Francisco me ha tendido la mano y yo la he cogido para caminar junto a él tras las huellas de tu hijo Jesucristo, pobre y crucificado.

Enséñame que en la vida no hay enemigos que destruir sino personas que amar.

Enséñame a poner mi atención y mi deseo en tu Don, es decir en lo hermoso que hay en mi y en los otros.

Enséñame a ir más allá de lo visible que enmascara lo invisible. Enséñame a acoger mi sufrimiento para poder así consolar a los demás.

Enséñame a reconocer mis heridas para poder conocer la ternura.

Enséñame a no ignorar mi debilidad para poder perdonar la debilidad de los demás.

Enséñame a descubrir en los otros tu imagen para poder ser luz.

Enséñame a vivir la Palabra para poder ser testigo.

Enséñame a darte prioridad y a escuchar tu verdad.

Amén.

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